"Ni uno menos" se trata de una agradable sorpresa en todos los aspectos. Tan sencilla como a la vez compleja. Detrás de esa sencillez se esconden una serie de símbolos que leídos entre líneas hacen de algo sobrio y austero, algo magnífico, grande, con una gran voluntad que conmueve.
Encuentro parecidos razonables con "La trilogía de Apu", que comprende las películas "Pather Panchali", "Aparajito" y "El mundo de Apu", del director hindú Satyajit Ray. Encuentro que las películas más sencillas, naturales, mundanas, son las que más profundo llegan, tomo como ejemplo la propia "Ni uno menos", o a esta trilogía, e incluso se me ocurre "El sol del membrillo", de Víctor Erice, una película impresionante.
Por otra parte, creo que sería interesante una incursión en el cine de Lynch, ese surrealismo tan visceral y creativo, con películas como su ópera prima "Cabeza borradora", una siniestrísima película, pero muy recomendable, que narra la historia de un trabajador industrial que tiene un hijo con su novia, aunque en realidad, el niño no es un niño, sino un monstruo horrible... Luis Miguel Machín
Después de una filmografía convertida en linterna, que título tras título, trataba de alumbrar miradas hacia aquellos personajes y situaciones de una China tradicional, y por ello convertirse en un cronista reconocido y en el cineasta oriental más apreciado de occidente, Zhang Yimou se embarcó en ofrecer una visión de una China moderna y en parte desquiciada en su proceso de globalización, con Keep Cool.
Años antes, había ganado un León de Oro en Venecia, precisamente con una excepción en su filmografía, la irregular Qiu Ju un film que trataba de mostrar los contrastes entre la China campesina a caballo entre el comunismo ignorante y el feudalismo, y la China de la ciudad, moderna, incapaz y cruel para con sus habitantes rurales. Qiu Ju levantó ampollas entre los políticos del país, y aquello no le causó sino numerosos disgustos al director, quien además jamás se sintió orgulloso del resultado final, puesto que sostenía que su visión del mundo rural había resultado en demasía artificial y forzada, nada creíble. En aquel tiempo, en el 92, Gong Li, protagonizaba todas las películas del director, como compañera suya y musa que era, y siendo esa una gran actriz, parece ser que el director nunca llegó a aprobar del todo deficiencias en su interpretación como en el caso del acento a la hora de interpretar el personaje.
Es lógico pensar, que tiempo después el director intentara volver a recuperar esa ambición suya de plasmar un retrato lo más fiel posible de la China rural y de sus contrastes con las urbes receptoras de las migraciones que la paupérrima situación del campesinado chino producía.
Así pues, en 1999, se embarcó en la tarea de rodar Ni uno menos (por la que tiempo después ganaría otro “León de Oro”, paradojas de la vida) con la clara intención de superar los escollos en los que embarrancó Qiu Ju. Y para ello, prescindió de actores profesionales, y directamente eligió a personas que se encontraban ya en ese marco rural, caso de los dos jóvenes protagonistas, Wei Minzhi y Zhang Huike, que en la película se interpretan prácticamente a sí mismos (con los mismos nombres incluso).
Ni uno menos supone además como ya apuntaron numerosos críticos en su estreno, la traslación de Yimou del género melodramático hacia otros estilos que siguió cultivando a partir de esta película (la comedia chapliniana en Happy Times, las películas de espadachines en Hero…); y que en el caso que nos ocupa retoma las formas y temas de Rossellini, sobre todo en la segunda parte de la película. Y es curioso, porque parece que parte del cine oriental retoma en los últimos años el hilo de los neorrealistas, con películas que a veces incluso parecen “remakes” de films italianos de esa época, caso de La bicicleta de Pekín o de la propia El camino a casa, la siguiente película de Yimou, que aunque resulta mucho más melodramática que aquella que nos ocupa, compone una curiosa dualidad con esta Ni uno menos. De hecho parten de una planificación especular, ya que ambas tienen como marco la docencia en las zonas mas deprimidas de la china rural, pero, si en Ni uno menos es la gente del campo la que va a la ciudad para tomar conciencia de una determinada, en El camino a casa, es la gente de la ciudad, la que regresa a esas zonas rurales, para darse cuenta del estado deprimente de unas gentes y lugares, que se aferran a tradiciones, que nada tienen que ver con ese moderno comunismo que el partido en la ciudad propugna. El campo ha sido dejado de la mano de Dios, y el choque con la cultura y con el comunismo burocrático que imponen los alcaldes locales produce situaciones esperpénticas.
En realidad el campo chino se muestra como un lugar azotado por todos los huracanes del planeta, un sistema político que les desfavorece, el desprecio de los que gobiernan y viven comodamente en las ciudades, que hablan de ellos refiriéndose despectivamente como campesinos, y ya por si fuera poco, una globalización que se les escapa de las manos, y que por culpa de la televisión desean, pero a la que ni siquiera pueden aspirar, como se muestra en la magnífica escena de esos dos botes de Coca-Cola, compartidos como si en su interior contuvieran oro líquido.
A pesar de su carácter crítico, la película sin embargo pudo pasar la censura china (tras unos retoques que luego comentaremos), porque intencionadamente o no, en el fondo defiende parte del ideario chino comunista, basado en la solidaridad de todos (aquí se ve más la mano de la intervención gubernamental en la manufactura de la película) y en el ideario de servicio a los demás (pienso que esto de forma involuntaria).
La cuestión del servicio a los demás, porque Ni uno menos es también y ante todo, un hermoso poema a la vocación docente. Wei Minzhi la adolescente que de pronto tiene que hacerse cargo de una escuela con alumnos desde tres años hasta casi su misma edad, y a la que sólo le motiva la retribución económica que recibirá por su trabajo, emprende un viaje interior motivado por el miedo a perder su retribución extra (si uno solo de sus alumnos deja la escuela, el alcalde no le pagará un dinero extra que le promete por eliminar el absentismo) que acaba convirtiéndose en una búsqueda de su propia vocación de servicio a los demás. Cuando Wei vuelva al campo con Zhang habrá encontrado mucho más dentro de sí misma que un simple dinero, y se habrá convertido en un elemento activo y muy importante del núcleo social del que ella parte. Toda una lección para nuestros docentes, muchas veces introducidos en el mundo de la enseñanza por la imposibilidad de encontrar un empleo que les permita ganarse la vida de otro modo, y que en algunos casos como Wei consiguen de algún modo u otro encontrar algo que les hace tomar conciencia de su papel en la comunidad educativa y les hace amar su trabajo, y que en otros muchos casos, ejercen una tarea para la cual no están capacitados ni psicológica, ni anímicamente, y que terminan odiando, (cuantas estampas tiene uno que ver todos los años en esos institutos del mundo que recuerdan a esas primeras mañanas de Wei Minzhi a cargo de la escuela de la película).
Pues bien, ese servicio a la comunidad, como digo, no sé si intencionadamente o no (el tema vuelve a repetirse de nuevo en El camino a casa, cuando el hijo ha de reinterpretar el papel que su padre ha tenido como maestro de escuela en la comunidad rural que él un dia abandonó), es o forma parte de un ideario comunista que ajusta a cada individuo un papel activo en la sociedad, de entrega y servicio, el “ser útil a los demás”. La ciudadana Wei es por ello en el film, transformada de elemento pasivo y poco productivo, a elemento activo productivo dentro de su entorno.
El otro tema que defiende la película, es el de la solidaridad. Yimou no sé si obligado o no, hace una lectura positiva de la burocracia y contrapone dos figuras, la de la recepcionista impasible e inmisericorde que parece sacada de Qiu Ju y el del director de la televisión compasivo y solidario con la búsqueda de Wei. A partir de ahí, desconozco salvo los títulos finales de la película ensalzando la solidaridad, que es de la cosecha propia del director y que es de la cosecha del censor, aunque desde luego el film se resuelve de forma un tanto artificial (la única lacra de una película hermosa e impecable), que pone el acento en la solidaridad de una sociedad comunista, aparentemente sensible a los problemas de sus miembros más desfavorecidos.
Sin embargo, subyacen de ese final, dos elementos muy interesantes, en primer lugar, que la forma de llegar de los periodistas al pueblo, es contradictoria con aquello que parece quererse transmitir, puesto que los presentan como sólo interesados en la foto, en lo que los televidentes quieren oir, y que para nada profundiza en los problemas y en las necesidades de las personas que tienen delante. Estamos ante un Bienvenido Mister Marshall, con unos reyes magos que llegan al pueblo, dejan sus regalos y se van si influir absolutamente en nada más en la vida y miserias de sus habitantes.
Por otro lado, de esa situación extraemos no pocos puntos de reflexión acerca del tema de las desigualdades sociales y movimientos migratorios. Yimou postula que la solución a la pobreza de los protagonistas, no está en dejar su casa e irse a malvivir y mal trabajar en las ciudades, sino en que se aporten a esas personas los recursos necesarios para salir adelante en su mismo entorno.
En ese caso, la auténtica imagen de esperanza que transmite el film, es la de esos niños que cierran la película, y que con sus tizas nuevas, de colores (hemos pasado del monocromatismo a un policromatismos que al igual que el arco iris simboliza la esperanza), con esos recursos que se les ha aportado desde fuera, son capaces de escribir por sí mismos, y aprender a generar su propio futuro, un futuro, en color.
Ni uno menos se convierte por lo tanto en una de las películas que mejor defienden con imágenes las doctrinas del comunismo, y de las que más enseñan a la falsa moral occidental sobre el reparto de riqueza e inmigración. Y todo ello, como en las grandes obras, se hace a la vez que se pone en tela de juicio, aquellas cosas del sistema que no funcionan. Pero decir a estas alturas que Zhang Yimou es uno de los más grandes narradores de nuestro tiempo, es redundar en lo obvio.
Con el mismo reparto (Edward G. Robinson, Joan Bennett y Dan Duryea) que protagonizó su anterior película, La mujer del cuadro (The Woman in the Window, 1945), Fritz Lang rodó en ese mismo año Perversidad, una película que en su día pudo haber hecho Ernst Lubitsch, que finalmente terminó por abandonar un proyecto que, por avatares del destino, terminó cayendo en las manos del director de El ministerio del miedo (Ministry of Fear, 1944). El filme es un remake de la segunda película sonora de Jean Renoir, La golfa (Le chienne, 1931), creada a su vez a partir de la novela de Georges de La Fouchardiere de título homónimo.
En Scarlet Street (me permito utilizar el título original para no causar innecesarias redundancias) se contrapone la perversidad que anticipa el tal vez desafortunado título español (aunque tampoco es excesivamente revelador dado que la naturaleza perversa que acecha al protagonista es rápidamente desvelada) a la inocencia a priori impensable en un tipo como Edward G. Robinson, que, sin embargo, poco a poco irá descubriéndose, efectivamente, como un personaje inocente y desvalido ante la crueldad sin límites de la mujer fatal que se cruza en su camino.
Pero esto no es así desde el comienzo. Entonces Kitty (Joan Bennett) prácticamente se escandaliza cuando Johnny (Duryea) le propone que le de un sablazo a Chris Cross (Robinson). A pesar de ello, y como no podía ser de otra forma, finalmente termina sacándole el dinero.
Una historia que transita por dos sendas paralelas (esto es, circulan muy cerca una de la otra, pero nunca llegan a tocarse. La primera es la que recorre Cross, un empleado ejemplar que acaba de recibir una fiesta en honor de su aniversario trabajando varios lustros para el banco, y que en su hogar se encuentra subyugado por una tiránica esposa que tiene en el salón un enorme retrato de su primer esposo (desaparecido y dado por muerto años atrás). Probablemente Cross opinaría también que su vida es un auténtico escombro, de no ser por la pintura. El protagonista pone «líneas alrededor de lo que siente», con lo que no hace sino confirmarse a sí mismo que siente. Pinta, luego existe, podríamos decir.
En la otra senda paralela se encuentra Kitty, la femme fatale, que en estrecha colaboración con su novio Johnny se las apañará para aprovecharse del arte de Cross en beneficio propio, haciendo creer al pobre diablo, porque ciertamente no puede dársele otro nombre, que está enamorada de él, para hacerle sentirse culpable por no haberle dicho desde un primer momento que era un hombre casado, para hacerle creer que Johnny es el novio de su compañera de piso, para hacerle creer, tras ser descubierto parcialmente el engaño, que el dinero de los cuadros será para los dos. Y es que siempre habrá una mentira tapando otra mentira tapando otra mentira.
Así, recapitulando, tenemos dos sendas. La primera es la de la verdad. Pero la verdad sería, y de hecho termina siéndolo, muy dura para el protagonista. Entonces él circula por el camino del engaño, por la senda de la trampa que le han preparado. O mejor, Cross recorre el camino de la verdad, la que el cree a pies juntillas, la que le da la felicidad y la satisfacción que hasta entonces le era negada, y la pérfida pareja conduce por una mentira (una capa de mentiras superpuestas) que terminará por desmoronarse.
Los paralelismos con el resto del cine de Lang son evidentes, las fatalidades del destino que persiguen a sus torturados personajes, su precisa puesta en escena, los insertos que a Lang tanto le gustaba incluir (el cruce de dedos de un Cross que se revela significativamente como alguien supersticioso, el cuchillo que se clava en el suelo), el tenebroso final que nos recuerda los tiempos de Mabuse o Los nibelungos o el inusual humor que nos presenta en algunos momentos con un Edward G. Robinson en delantal atemorizado por su parienta.
Las siete vidas del primer gran terrorista del cine
«El propósito final del crimen es establecer el eterno imperio del crimen, un estado de completa inseguridad y anarquía».
Dr. Mabuse
Eltestamento del Dr. Mabuse, el segundo filme sonoro de Fritz Lang, atesora muchos méritos, entre ellos, el ser el primer thriller sobrenatural de la historia del cine. Por encima de la intriga policíaca, de las obvias comparaciones entre la red criminal de Mabuse y el alzamiento del partido Nazi en Alemania y de los logros en el campo de la edición de sonido, la imagen más potente del filme, la que resume su esencia, su poder para intranquilizar al espectador moderno que ya lo ha visto todo y su vigencia es la del espíritu del difunto doctor situado frente al psiquiatra que le ha tratado durante sus largos años de internamiento, susurrándole que la verdadera esencia del crimen no es el beneficio económico, la venganza o el poder sino la desestabilización completa de la sociedad para que de sus cenizas surja un nuevo orden basado en el mal.
Con semejante discurso, no es de extrañar que Goebbels prohibiera en 1933 el estreno del filme para que a nadie se le ocurriera pensar que lo que contaba el señor Lang, un exitoso y populista cineasta en su país, podría estar ocurriendo a la salida del cine. El fantasma del Dr. Mabuse tomando posesión del cuerpo de su psiquiatra es un reflejo de cómo el partido Nazi vampirizó a todo un pueblo hundido tras la I Guerra Mundial. Sin embargo, lo que hace grande al filme de Lang es que no se quedó en una profecía de lo que podría llegar a pasar en Alemania tres años después.
El doctor Mabuse de esta película ya no es el criminal extorsionador con poderes hipnóticos que protagonizó dos filmes de la etapa muda de Lang. Su lugar ya no está en los casinos, las cajas fuertes de los bancos o los hogares de los millonarios. Al comienzo de esta película descubrimos que lleva varios años ingresado en una institución mental, en un estado semivegetal. No habla, no se mueve, únicamente escribe su testamento: un plan final para establecer el imperio del crimen en el mundo usando como arma el terrorismo. Aunque reducido a un simple cascarón, se las ha arreglado para organizar una compleja red criminal con su espíritu. La amenaza de Mabuse ya no es tangible. Es el hombre agazapado en la sombra, una voz que dicta sus órdenes a través de otros individuos o de grabaciones. Cuando muere y su espíritu ocupa el cuerpo de su psiquiatra se convierte en alguien a quien no se puede atrapar porque no existe. El terrorista definitivo o, lo que es lo mismo, la gran amenaza de este siglo. Sin saberlo, Lang se adelantó a su tiempo en más de 70 años. La intangibilidad de Mabuse, que se mueve a través de otros y deja su voz grabada en fonógrafos, es la misma de los terroristas de hoy, la de Ben Laden, alguien de cuya existencia se llega incluso a dudar pero que es capaz de controlar a su gente y amenazar al mundo con una grabación.
Para enfrentarse a Mabuse, Lang y la guionista Thea von Harbou —su mujer por aquel entonces— decidieron recuperar al comisario Lohmann de su anterior largometraje, M. El inspector es la antítesis de Mabuse, un hombre empírico y campechano, que se guía por su ingenio y disfruta de los placeres más simples de la vida: un cigarro, la siesta, una noche en la ópera. Es el pueblo alemán que se resiste a ser subyugado por el nazismo. Con su inteligencia racionalista consigue descubrir toda la trama, pero sus esfuerzos son en vano. Al final, el psiquiatra poseído por el espíritu de Mabuse se vuelve loco y acaba encerrado en la misma celda que ocupaba el doctor. El círculo se ha cerrado. Pero el mal, ¿podrá contenerse entre las paredes del sanatorio?
En el apartado técnico, Lang también se adelantó a su tiempo con El testamento del Dr. Mabuse. Su uso del recién descubierto sonido en el cine es, simplemente, ejemplar. Lejos de dejarse deslumbrar por las posibilidades más evidentes del avance y convertir su película en una sucesión interminable de diálogos y verborrea, el cineasta se decanta por el efecto sonoro más que por la palabra para crear una atmósfera de perpetua tensión ya desde la primera escena, en la que un agente secreto de la policía se esconde de dos criminales en un oscuro sótano donde resuena una máquina industrial como si fueran los latidos de su asustado corazón. Explosiones, disparos, choques, el crepitar del fuego… la sinfonía de sonidos escogida por Lang va pareja al imperio del terror que Mabuse intenta crear.
Estamos ante una de las más grandes películas de la historia del cine. Nunca se ha vuelto a ver tal espectáculo en un film, y menos en este género, una mezcla de drama y thriller... Un espectáculo como bien dice el artículo, inimitable. Y es una pena que este género no se haya expandido en círculos de buenos directores, porque es mi género favorito. Y hoy en día, solo recuerdo dos thrillers que merecieran la pena, los dos recientes. "Seven" de David Fincher si no mal recuerdo, y "Crónica de un asesino en serie", de Bong Joon-Ho. Estas dos películas son parecidas en el sentido de que la historia no se refleja desde la perspectiva del asesino. Esa es la principal diferencia con M. Peter Lorre está sobervio, para mí, una de sus mejores interpretaciones. Nada más, invitar a todo el mundo a acudir a la proyección de esta obra maestra. Luis Miguel Machín
Alemania, 1931. T.O.: «M, Mörder Unter Uns». Director: Fritz Lang. Productor: Seymour Nebenzahl. Producción: Nero Film. Guión: Fritz Lang y Thea von Harbou, según un artículo de Egon Jacobson. Fotografía: Fritz Arno Wagner. Dirección artística: Emil Hasler y Karl Vollbrecht. Música: Temas de Edvard Grieg. Montaje: Paul Falkenberg. Duración: 117 minutos. Intérpretes: Peter Lorre (Franz Beckmann), Gustav Gründgens (Schränker), Otto Wernicke (Comisario Lohmann), Theodor Loos (Comisario Groeber), Theo Lingen (Bauernfänger), Ellen Widmann (Sra. Beckmann), Inge Landgut (Elsie Beckmann), Ernst Stahl-Nachbaur (El jefe de policía), Paul Kemp (El ratero), Georg John (El ciego)
Es uno de los films más insólitos de la historia del cine. Realidad y ficción, humor y horror, crónica y fábula se mezclan, de la mano de Fritz Lang, creando una obra única, inimitable (por más que imitada) y decididamente insuperable.
La carrera alemana de Fritz Lang, demasiado postergada en los últimos tiempos, constituye un reto permanente a los límites técnicos y narrativos del cine de la época. Cada nueva película de Lang sorprendía y entusiasmaba: los paraísos arcaicos y mitológicos de Los nibelungos , el bosquejo de una ciudad futurista de Metrópolis , el exotismo aventurero de los grandes genios del mal, como Mabuse o el profesor Haghi de Spione. El prestigio alcanzado por el director en aquellos años parecía impulsarle a un circense «más difícil todavía» que, sorprendentemente, culminaría y cambiaría de sentido con M, el vampiro de Düsseldorf (M, 1931), un film de ambiente cotidiano inspirado en las fechorías de un asesino de niños que aterrorizaba a los habitantes de la ciudad alemana aludida en el título.
M de «mörder»
Aunque el protagonista de M , un oscuro empleado que vive solo en una anodina pensión, responde al nombre de Hans Beckert (excelente encarnación de Peter Lorre), lo cierto es que comúnmente se le conoce como «M», inicial del apelativo «mörder» (asesino), que un vagabundo le marca con tiza en la espalda para que pueda ser reconocido y perseguido. De hecho, éste no era el título originalmente previsto, sino «El asesino está entre nosotros». Un ambiguo enunciado que supuestamente levantó la susceptibilidad del partido nazi por su posible alusión a su principal dirigente, lo que obligó a cambiarlo. Sin embargo, y a pesar de que este argumento ha sido repetido con frecuencia, algunos especialistas en la obra del director, como Bernard Eisenschitz, sospechan de su exactitud alegando que la pujante posición del nacionalsocialismo, su absoluta legalidad y el prestigio, entonces intachable, de su líder Adolf Hitler, hacían poco probable tal asociación de ideas. Por otra parte, y ante las arriesgadas interpretaciones antinazis de éste y otros films del director, cabe recordar que todos los guiones de los films alemanes de Lang, desde Das Wandernde Bild (1920) hasta El testamento del doctor Mabuse (1933), fueron escritos en colaboración con su esposa Thea von Harbou, novelista de éxito, guionista, directora y, muy especialmente, destacada militante del partido nazi. Y, aunque Lang se separó de ella cuando emigró a Estados Unidos en 1933, lo cierto es ambos trabajaban en perfecta sintonía, y que el autor de La mujer del cuadro siempre tuvo palabras de elogio para la labor de su ex compañera.
«M» es un temible asesino psicópata, pero también es, en cierta manera, un ser «condenado», incapaz de reprimir sus instintos. En la película no se dice nada de los motivos de su conducta (en el remake realizado por Joseph Losey en 1951, el mismo personaje es víctima de un padre autoritario y una madre posesiva), por lo que se presencia se reduce a la de un peligroso criminal anónimo, oculto bajo los rasgos de un hombre cualquiera, de aspecto melifluo y un tanto aniñado. Hans Beckert no existe como individuo hasta su sorprendente y conmovedor discurso, en la secuencia final, ante un auditorio formado de vagabundos y prostitutas, que no están dispuestos en absoluto a escuchar sus argumentos. Es entonces cuando se descubre que el «monstruo» no es más que un perturbado mental, cuya conducta responde a una mezcla de timidez y de ansias de notoriedad (comunica a la prensa sus crímenes así como su propósito de seguir matando). La llegada de la policía evita la ejecución inmediata del protagonista. El hampa pretende imponer justicia, pero lo único que hace es aplicar su instinto de venganza y garantizar su permanencia en unos barrios que considera suyos. Como se hace evidente en su posterior etapa americana, Lang siempre defendió la necesidad de la verdadera justicia frente a la sed de venganza, la aplicación de la ley a la impulsiva y temible reacción de las masas encolerizadas.
«M» como crónica social
Los turbulentos años de la República de Weimar, previos a la llegada de Adolf Hitler al poder, propiciaron en Alemania una etapa de profunda crisis en la que la agitación política, el desempleo y la devaluación económica mantenían a la población en un permanente estado de angustia. Se ha dicho, no sin razón, que esta situación fue el caldo de cultivo del que surgió el expresionismo, corriente que abarca todos los campos de la actividad artística. La distorsión de las formas, la iluminación en claroscuro y los abundantes relatos sobre locos y criminales son algunos de los aspectos más ostensibles de la estética expresionista, entendida como manifestación de la tortura individual y del malestar de una época.
Pero la posición de Lang frente al expresionismo ha sido siempre contradictoria. A pesar de que comúnmente se le ha considerado como uno de sus más destacados representantes, él siempre negó su adscripción a dicho movimiento. En cualquier caso, los planteamientos expresionistas están presentes en la elaborada fotografía de M (obra de Fritz Arno Wagner), pero también se desprenden del cáustico retrato del entorno social en que se mueve el protagonista. La búsqueda paralela que emprenden la policía y los mendigos para atrapar al asesino constituye una estudiada inversión de papeles, muy próxima a la de ciertas piezas teatrales de Bertolt Brecht. La «asociación de los mendigos», con su local de reuniones, su organización disciplinaria y su ordenada distribución de las tareas, resulta una clara parodia del modelo establecido por la sociedad burguesa, aunque la visión de Lang, picaresca y desenfadada, carezca de la contundencia crítica de Brecht.
«M» y la innovación del lenguaje
En el aspecto visual y narrativo, M sorprende por su audacia y sus innovaciones; más aún si se tiene en cuenta que muchos de sus elaborados travellings y movimientos de grúa se realizaran con medios extremadamente precarios. La imaginación de Lang parece no tener límites. La primera secuencia (8 minutos y 27 planos) resulta, todavía hoy, una verdadera lección magistral de concisión y eficacia. A pesar de tratarse de su primera incursión en el cine sonoro, el director utiliza con sorprendente precisión los sonidos y los silencios para incrementar la tensión dramática del relato, al tiempo que utiliza audaces encadenados sonoros para enlazar diferentes escenas. Así, por ejemplo, cuando un grupo de ciudadanos se apiña para leer un cartel que anuncia la búsqueda del asesino, la voz que se escucha es la de un personaje que está sentado en una cervecería leyendo el periódico en voz alta ante unos amigos, situación que corresponde a la escena siguiente y que por lo tanto el espectador desconoce. Por otra parte, M es uno de los pocos films sonoros que carece de banda de sonido propiamente dicha, aparte de los ruidos directamente relacionados con la acción (puertas, motores, pisadas, sirenas). La única música que se escucha son unos compases de Peer Gynt , de Edvard Grieg, que silba el asesino. Unas notas alegres y casi infantiles que, sabiamente utilizadas, se convierten en obsesivas y fatalmente amenazadoras.
La originalidad, rigor y precisión de M resultan admirables, hasta el punto que se hace imposible imaginar un montaje o una planificación diferentes. En cualquier caso su radical modernidad ha hecho que supere con éxito el paso del tiempo. Mientras que la mayoría de las películas envejecen en poco años, M rejuvenece a cada nueva visión. No es nada extraño que Lang manifestara que «con M empecé a hacer algo muy nuevo para mí, que he continuado en Furia », concluyendo: « M y Furia son los films que prefiero.»
Metrópolis constituye uno de los casos más complejos a la par que apasionantes de toda la Historia del Cine. Pocas películas han sido tan masacradas, mutadas y mutiladas como ésta y, a la par, de pocas se puede tener una visión tan conjunta y completa de lo que el film podría haber ofrecido de no haber caído en manos inadecuadas. Quede claro que la Metrópolis, tal y como fue concebida por el genio creador de Lang (y por el ambiguo humanismo de Thea Von Harbou) sólo se ha podido ver en Alemania entre enero y mayo de 1927. El estreno en Estados Unidos en abril de ese mismo año reducía sus 170 minutos originales a 120, convirtiéndose en la versión que también se exhibiría en Alemania meses más tarde. Asimismo, este es el minutaje más común, incluso en la actualidad.
Sin embargo, versiones posteriores han ido amputando elementos y transformando diversos componentes argumentales sin la más mínima consideración a la estructura de la obra original. Varias adaptaciones de Estados Unidos reducían la duración del film a 94 minutos, cambiando el nombre de diversos personajes (en algunas copias, John Fredersen se llama, nada más y nada menos, que John Masterman) y las relaciones entre ellos (la de Fredersen con el científico Rotwang, por ejemplo, que obvia el tenso enfrentamiento entre ambos y el recuerdo de la fallecida Helm por una marciana vinculación de amo y servidor) (1). La versión más completa que se conoce es la reconstruida por el historiador Enno Patalas que, con sus 147 minutos de duración, sí puede dar una idea más cercana a lo que aquel grupo de privilegiados espectadores pudieron disfrutar en Berlín el 10 de enero de 1927.
II. Arquitectura, ritmo y narración
El porqué Metrópolis, aún a pesar de todo lo sufrido, es una pieza que conserva intacto su inquebrantable impacto se debe a dos elementos fundamentales: por un lado, el infravalorado guión de Thea Von Harbou, conscientemente impreciso y contradictorio. Por otro, la mirada geométrica, calcuradora y, a la vez, pasional de un Lang en la plenitud de su talento.
Cabe decir, si comenzamos por este último punto, que Metrópolis no es un film expresionista, contrariamente a la opinión mayoritaria que la considera la última obra del movimiento. La película, concretamente, es fruto de un eclecticismo artístico y arquitectónico que revela, en el fondo, el profundo conocimiento de Lang en el campo de la arquitectura y su pasmosa maestría para la construcción de decorados con auténtica entidad dramática. Por la película desfilan elementos vinculados al futurismo de Umberto Boccioni (el constante movimiento de las máquinas al comienzo del film e, incluso, el diseño del robot andrógino); a la arquitectura de la Bauhaus en todo el diseño de la Metrópolis, que parece escenificar visualmente la fusión entre el arte y la ingeniería preconizada por Walter Gropius, fundador de la escuela; e, incluso, el Art Déco en una gran parte de la decoración de interiores. Únicamente, la persecución de María en las grutas, con la impresionante utilización de la luz de la linterna como foco de angustia, y el exterior de la casa de Rotwang pueden ser considerados los únicos enlaces que unen a Metrópolis con el expresionismo. El impresionante logro de Lang consiste en la fusión de todo ello y, asimismo, en la creación de un universo propio que, muy a pesar de tener todas las influencias ya esbozadas, posee una personalidad y una consistencia absolutamente independientes. Amén de ello, la capacidad del cineasta para dotar a todo el envoltorio escenográfico de un protagonismo absoluto revela la preocupación de Lang por la integración de todos y cada uno de los dispositivos que conforman el plano y, por consiguiente, la creación de un asombroso cosmos unitario. La misma disposición y movimiento de los actores, por ejemplo, revela la extrema obsesión de Lang por el espacio, ya que estos se encuentran distibuidos atendiendo a una lógica geométrica, potenciando las disposiciones verticales (John Fredersen, Rotwang, Slim), planificadas generalmente de perfil, en contraste con los primeros planos frontales de Freder o María, integrados en la escena con mucha menos rigidez. De igual manera, los movimientos y los gestos de los intérpretes ya definen, por sí mismos, su propia personalidad y el núcleo semántico de la historia, sustentado, nuevamente, en la antítesis: los obreros del comienzo van en grupos de seis, caminando con parsimoniosa letanía y sin rostro, los hijos de la elite se explayan en la superficie sin orden aparente, con Fredersen en primer plano y corriendo de forma lúdica; el rostro de John Fredersen es inexpresivo y tenso; el de su hijo, histriónico y gesticulante; la María humana se mueve y desplaza con gestos tranquilos y pausados, su robot es nervioso y de ademanes violentos. Es decir, un cúmulo de intenciones ocultas en cada resquicio del film que dan cuerpo al apasionante imaginario del Lang alemán.
Igualmente, la capacidad del cineasta para controlar el ritmo de la película mediante un prodigioso trabajo de montaje y un exacto control de la duración de los planos, se erige en otro factor fundamental del film. La construcción narrativa de Metrópolis es laberíntica, compleja y oscura en la que hasta cinco situaciones simultáneas se ofrecen de manera alterna, generalmente estructurada en bloques de tres escisiones argumentales, cuyos personajes se van cruzando, separando y uniendo según corresponde. El ejemplo más evidente se encuentra en el tercio final: la persecución de un grupo de obreros a María, a quien toman por el robot que los ha conducido a la catástrofe, se cruza con otro grupo que ha encontrado al autómata y procede a su destrucción. La maestría de Lang para que todo el entramado resulte lógico y verosímil es, de todo punto, admirable concediendo un aspecto de frescura y emoción tan sorprendente que todo el armazón narrativo apenas queda visible.
Por su parte, el guión de Thea Von Harbou al que se aludía anteriormente, posee un conjunto de matices sobresalientes, más allá de las opiniones generalmente desfavorables recibidas a lo largo de los años. De hecho, se suele considerar Metrópolis una obra más "visual" que "argumental", aludiendo a que Thea Von Harbou siempre ha sido la causante de la inclinación de los films mudos de Lang hacia los seriales y los argumentos más populistas, y a que algunos aspectos de la historia no contaban con la plena aprobación del cineasta (la secuencia final, por ejemplo). Dejando de lado estas consideraciones, de todo punto discutibles, lo cierto es que Metrópolis tiene una de sus mayores bazas en el guión de la escritora. Deliberadamente simbólico (las referencias bíblicas son más que evidentes) y totalmente reaccionario en su carácter profético y en sus aristas morales más básicas, estos elementos, a priori negativos, acaban por definir el carácter temático del film, acercándolo a unas tendencias tan extremas que llegan a parecer cándidas. El discurso de Von Harbou, al igual que la planificación de Lang, se basa en el contraste: utiliza una compleja carga de profundidad que sólo oculta unas intenciones absolutamente ingenuas. No únicamente porque "el pueblo alemán" (a quien dedicó, dicho sea de paso, su anterior guión, Los Nibelungos —otra de las magnum opus de Lang—) venía de sufrir una gravísima crisis económica, que tuvo su punto álgido sólo tres años antes, y necesitaba este tipo de mensajes demagógicos que insuflaran moral, sino por su propia formación y mentalidad que la llevó a desplazarse paulatinamente de la figura de Lang y convertirse, a partir de 1933, en una de las más fieles seguidoras del nacionalsocialismo. El pacto social entre el capitalista y el trabajador, por citar la secuencia más discutida del film, no es más que una metonimia visceral de todo lo apuntado y la muestra más clarividente del mensaje de la guionista.
Metrópolis, con todo lo ya dicho y lo muchísimo que quedaría por decir, con sus contradicciones, sus oposiciones, su vanguardista concepto arquitectónico, su estructura y con el inmenso talento de todos y cada uno de los miembros del equipo a las órdenes de Lang es, sin discusión alguna, una de las grandes obras de la Historia del Arte.
(1) No es único el caso de Metrópolis. El Nosferatu de Murnau, por ejemplo, ha sufrido alteraciones más que notables, entre ellas, la reducción de sus 100 minutos originales a 64 y la modificación del nombre del Conde Orlock por el de Drácula.
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