sábado, 22 de noviembre de 2008

Rossellini y el pragmatismo humanista

Primera parte:


Segunda parte:


Publicado por Alejandro Díaz y Jorge-Mauro de Pedro en Miradas de Cine.

«No se puede vivir sin Rossellini»

—pronunciada por un personaje de la película Antes de la revolución (Prima della rivoluzione, 1964. Bernardo Bertolucci)—

Roma, ciudad abierta es un patio que acaba en una calle iluminada donde el ejército alemán alinea a los habitantes de los edificios colindantes. Se están llevando a alguien. Gritos, órdenes tajantes, empujones. Lo suben a un camión. Un niño y un cura lo observan todo, acogotados entre las bayonetas y las mujeres que no cesan de gesticular y mesarse los cabellos, plañideras de luto ante la inminente tragedia.

La Magnani reconoce al detenido. Se resiste, se desgañita. Logra romper el cordón y corre, corre detrás del camión que ya se va, que ya se lo lleva.

Se escucha un disparo y cae al suelo fulminada.

El niño, vestido de monaguillo, se abalanza sobre la mujer tendida en el empedrado. Era su madre.

Es difícil construir una escena más emotiva que esta. Contada con palabras suena un tanto hueca, demasiado esquemática. Contada con la cámara de Rossellini, simplemente, emociona hasta hacer saltar las lágrimas. Y más cuando uno averigua que la rodó en las condiciones habituales de por aquel entonces: película caducada, estudios improvisados, financiamiento continuamente interrumpido...

Roma, ciudad abierta habla de la ocupación. De un pueblo maniatado y acogotado pero todavía no derrotado. Elige a unos cuantos representantes de la masa; a tres italianos que aceptan, en mayor o menor medida, involucrarse. Ese cierto grado de compromiso del que hablábamos antes. Y en aquellas terribles circunstancias involucrarse sólo significaba perder. Perderlo todo.

Los personajes muestran, sin embargo, una extraña determinación. Esta determinación les viene de sentirse, de saberse superiores moralmente. Y esta es la fuerza que les arrastra, que les hace emplearse a fondo en trabajos dignos de Hércules. No es una certeza fanática o irracional: son conscientes en todo momento de que no podrán triunfar en su empeño. Pero están dispuestos a resistir, a predicar con el ejemplo. ¿Por qué? Por si acaso acabase sirviendo de algo...


Desde el inicio se perfila una de las constantes de la trilogía: gente corriente enfrentada a situaciones extraordinarias. El héroe podría ser tu vecino del quinto, el párroco del barrio, el chico de la imprenta o el panadero que, en la clandestinidad, se dedican a librar batallas silenciosas, haciendo la guerra por su cuenta. Una minoría silenciosa que aspira a concienciar al resto, a despertarla de su letargo y sumisión a la fatalidad.

La humanidad de sus personajes llega al paroxismo cuando estos son torturados salvajemente. No todos aceptan el martirio de buena gana: dudan, odian, temen, se aterran. La muerte no resulta una perspectiva aleccionadora para nadie en sus cabales.

Si hubiese justicia, no deberían de morir. Pero están en mitad de una guerra, con lo cuál... la justicia es un lujo prescindible.

Alemania, año cero la rueda Rossellini en el Berlín de 1945 en su año cero, fecha de refundación: cero porque sus habitantes parten de la nada más absoluta, rodeados de la más completa de las destrucciones.

De una forma del todo coherente, el director –habiendo hecho ya la digestión del dolor propio– se enfrenta a una realidad no menos trágica: el dolor ajeno, el del enemigo derrotado. Un niño servirá de hilo conductor a la narración. Un niño con un hermano que se esconde por haber pertenecido al ejército alemán y dudar de la supuesta benevolencia de los vencedores. Con una hermana angustiada por una familia que mantener y que comienza a plantearse si la única manera de echar una mano a los suyos no será... alquilándose ella misma. Y con un padre continuamente postrado, eterno agonizante por unos males que parecen no tener fin.

El chico lo ve claro. Se lanza a las calles y trapichea aquí y allá, cargando sobre sus espaldas con unas responsabilidades que en modo alguno le corresponden a alguien de su edad. Entre sus amistades peligrosas destaca un ex profesor nostálgico del régimen recién derrocado. Un tipo taimado que no pierde oportunidad de avivar en las mentes jóvenes el eco de los discursos del Führer...

La cabeza del chico es un avispero. Toda la basura que vierte sobre él el ideólogo del terror constituye la pólvora, la metralla de un artefacto que no tardará en estallar. Porque el desgraciado cree ver clara la solución a sus problemas: eliminar al más débil, deshacerse del padre, de esa carga que no hace sino quejarse por una muerte que parece no llegarle nunca.

Aprovechando un descuido de sus hermanos, lo envenena.

La decadencia moral de toda una sociedad, de un pueblo perdido y sin referentes se manifiesta en el más impensable de los crímenes. Pero la locura a la que le ha abocado la miseria le pasa cuentas. Porque como el Raskólnikov de "Crimen y castigo" el chico –al igual que la Alemania recién nacida de entre las ruinas– continúa teniendo conciencia. Por suerte. O por desgracia, según se mire.

Le vemos callejear por entre calles desiertas. Unos chavales de su edad corretean detrás de un balón. Pero a él ya se le ha olvidado jugar. Se abre paso entre ladrillos y hierros retorcidos. Se encarama hasta lo más alto de un edificio semiderruido, caracoleando entre plantas sin escaleras, entre el cemento que deja ver su esqueleto de acero. Se asoma al vacío. Duda. Finalmente, cierra los ojos y...

Alemania, año cero nos deja en la Europa del 45. Es el precio a pagar siempre que nos interesamos por algo o por alguien: el inmenso dolor que suscita el conocimiento.

Son numerosos los historiadores que mantienen que el estado actual del planeta sólo se puede entender prestándole la atención suficiente a esa Europa del 45. El (des)equilibrio de poderes, el reparto de la tarta, el inminente nacimiento del estado de Israel, el empuje, el idealismo –o la ingenuidad– que fundamentaron los cimientos de la ONU...

Honremos a los muertos con la verdad. No dejarán de estar por ello menos muertos, pero los que vengan después... los que vengan después sabrán de las razones que les llevaron al cementerio.

Francesco, Giullare di Dio (1950):


En uno de sus viajes a Estados Unidos, cuenta Roberto Rossellini que un día vio un cartel en el que podía leerse una frase que le impactó: “A brain is a terrible thing to waste” (“Desperdiciar un cerebro es algo terrible”). Le preocupaba el declive de la intelectualidad en la sociedad que surge tras la Segunda Guerra Mundial, la falta de conocimientos de las nuevas generaciones, así como se mostraba muy crítico con las nuevas formas de vida basadas en el materialismo más irracional y destructivo, ajenas a toda espiritualidad. Tal vez por ello decide acercarse a la figura de Francesco d’Assisi en la película, una de las favoritas del propio director y uno de sus trabajos menos valorados y reconocidos (salvo excepciones entre las que está Miguel Marías, una de las personas que lleva más tiempo defendiendo activamente a Rossellini y particularmente a esta película). Y esto es así porque estamos ante una obra que muestra las andanzas de una orden de hombres religiosos que, comandados por Francesco, llevan una vida despojada, ajena a las ambiciones posesivas y de dominación. Es sabido que Rossellini decide, a partir de los años 60, ir abandonando el cine con objeto de incorporarse a la televisión (para la que, junto a personalidades como Jean Renoir, soñaba un futuro halagüeño como instrumento divulgativo —¡sigh!—), para la que decide realizar una serie de producciones de carácter didáctico con las que pretende, no formular un mero entretenimiento evasivo, sino instruir a la audiencia sobre diferentes momentos de la Historia que a él le resultaban particularmente interesantes desde un punto de vista práctico, como ejemplos a seguir de cara a conseguir algún cambio en el fuero interno del espectador.

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