miércoles, 3 de octubre de 2007

Pi







Pi (Fe en el caos) (1998) Darren Aronofsky

Artículo publicado por Sergio Vargas en Miradas de Cine:
«Es una película puramente comercial. (…)¿Quieres escuchar por qué? Porque la estrella de la película son las ideas. Son las mismas ideas por las que la gente ha sentido curiosidad a través del tiempo». Darren Aronofsky (1).

Max Cohen, el protagonista de la película, dice lo siguiente: «Reitero mis sospechas: 1.Las matemáticas son el lenguaje de la naturaleza. 2.Todo lo que nos rodea se puede representar y entender mediante números. 3.Si se hace un gráfico con los números de un sistema se forman modelos. Estos modelos están por todas partes en la naturaleza. Pruebas: el ciclo de las epidemias, el aumento y disminución del número de caribús, el ciclo de las manchas solares, las crecidas del Nilo, ¿y la Bolsa?…». Respecto a la primera afirmación desde luego no hay ninguna duda, ya Pitágoras se dio cuenta en el siglo VI A.C con varios ejemplos: los movimientos de los astros seguían leyes numéricas, también las formas geométricas tan abundantes en la naturaleza se rigen por los números y sus proporciones, e incluso algo tan maravilloso y tan complejo como puede llegar a ser la música, está subordinado a las matemáticas. De aquí directamente extrapoló (por lo que hasta ahora sabemos de forma exagerada) y dedujo que todo el universo está regido por números. Esto mismo es lo que piensa Max, y a través de la búsqueda de un modelo que represente algo aparentemente imposible de predecir como son las subidas y bajadas de la bolsa, intentará demostrar que existen pautas o modelos que gobiernan el universo. En su camino se interpondrán una empresa de Wall Street y unos estudiosos de la Kabbalah que le perseguirán, para lucrarse a su costa los primeros, para encontrar el verdadero nombre de Dios a través de un largo número con el que Max se ha topado en sus investigaciones, los segundos. Así Max, que ya desde el principio de la historia es torturado por unos terribles dolores de cabeza, entre persecuciones, pesadillas y pastillas, acabará internándose por la senda de la locura, para terminar suicidándose. La de la locura es, por supuesto, una de las posibles interpretaciones de la película y la que yo considero más coherente con lo expuesto en el film, pero por supuesto, ni es tajantemente así ni deja de serlo.

Pi es el primer largometraje de Darren Aronofsky, un director que con solo tres películas en su haber –a la que ocupa estas líneas hay que añadir la posterior Requiem por un sueño (Requiem for a Dream, 2000) y La fuente de la vida (The fountain 2006)– ha conseguido definir un estilo muy personal y bastante reconocible en el que un llamativo empleo del montaje es una de sus herramientas fundamentales. La intención de Aronofsky era conseguir una propuesta cinematográfica innovadora, algo que no se hubiese visto antes, y en la medida de lo posible es lo que consigue, aunque precisamente por esto la afirmación de que Pi es una película comercial sea algo distante de la realidad. A pesar de esto, no es una película sobre matemáticas como mucha gente cree, sino un intenso thriller de ciencia-ficción en donde las matemáticas que aparecen son relativamente pocas, y desde luego accesibles para todo el mundo, e incluso, algo ficticias por momentos.

Fotografiada en en un blanco y negro (blanco o negro en una acertada definición del propio Aronofsky) que soporta por momentos una iluminación casi hiriente, y rodada con el ridículo presupuesto de sesenta mil dólares, Pi narra una opresiva, casi diríase kafkiana, historia en la que el actor Sean Gullette es el encargado de encarnar al matemático protagonista. La sensación de opresión es continua en el minúsculo piso de Max, casi completamente invadido por el megaordenador Euclides, que Mathew Maraffi, encargado del diseño de producción y el protagonista Gullette construyeron a partir de escombros de ordenadores viejos. Además los sueños de Max no son sino meras pesadillas y a esto hay que añadir las continuas persecuciones a las que es sometido el protagonista, desde la pequeña Jenna, que no para de asediarle con su calculadora, poniendo a prueba las aptitudes de Max para el cálculo mental, o su vecina de al lado, muy preocupada por su alimentación, estas medianamente inofensivas, hasta las más peligrosas de la empresaria de Wall Street o los cabalistas, e incluso un fotógrafo (interpretado en un pequeño cameo por el autor de la banda sonora, Clint Mansell), aunque esta última ya forme parte de las múltiples paranoias de Max. El director emplea cámaras pegadas al cuerpo del protagonista, que representan la visión de éste, concretamente durante las persecuciones, tratando de acercar el personaje lo máximo posible al espectador, siendo éste un recurso que volvería a emplear en su segundo film, y que acentúa todavía más la sensación de agobio.

Como un Ícaro moderno, Max termina quemándose al acercarse demasiado a su sol particular, el conocimiento absoluto de las leyes que rigen el universo. A pesar de ser advertido por su preceptor Sol (un anciano matemático aficionado al go que abandonó sus investigaciones en torno a la teoría de números al toparse con el mismo peligroso número que potenciará los problemas de Max), también por un accidente que tuvo de niño al mirar al sol directamente a los ojos, y por un terrible sueño en la estación de metro en el que cada vez que pincha un cerebro con el bolígrafo (cada vez que se aproxima a la verdad) un tren se acerca para atropellarle, Max hará caso omiso de todo y sólo al final, tras atravesarse la cabeza con una taladradora y el posterior fundido a negro, en ese brillante epílogo en el banco del parque se dará cuenta de que está equivocado, o más correctamente, que hay cosas que tal vez no está destinado a conocer, pues cuando Jenna le pregunte sobre el resultado de una división jugando con su calculadora, Max lo único que podrá responder, pensando en otra cosa, con la mirada perdida en la caótica red de las hojas que pueblan uno de los árboles del parque es: «No lo sé».

Probablemente ninguno de nosotros estemos destinados a conocer aquello que Max busca, y que acaba derrotándole, pero yo no puedo evitar sentirme curioso como él cuando veo las formas geométricas que se adivinan en los caparazones de las tortugas, las espirales logarítmicas dibujadas en las conchas de los caracoles, o las circunferencias perfectas que forman nuestras pupilas, unas circunferencias cuyo radio y longitud están relacionados intímamente a través de un número de infinitas cifras decimales al que llamamos pi para abreviar, y unas pupilas a través de las que conocemos el mundo, pero… ¿Lo conocemos realmente?

(1) Hablando sobre Pi en una entrevista realizada por Joshua Klein para avclub.theonion.com

1 comentario:

  1. Luis Miguel Machín Martín4 de octubre de 2007, 15:14

    Gran ópera prima de Darren Aronofsky, en el que deja entrever su enorme talento que más tarde desarrollaría totalmente en "Requiem por un sueño". Su estilo es innovador e impactante, intelingente a la vez que nada monótono.
    Esta película fue rodada con apenas 27000 dolares, lo que demuestra aún más el talento de su director. Yo diría que estamos ante una de las 5 mejores películas independientes de la década de los 90.
    Aronofsky nos introduce en la vida del matemático Max Cohen, aquejado desde pequeño de unas terribles migrañas. La película nos cuenta como Max trata de encontrar la clave del mercado bursátil y para ello ha de hayar el número Pi.
    Altamente recomendable, aunque las dos cintas posteriores de Aronofsky superan a ésta en todos los sentidos.

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