martes, 23 de octubre de 2007

Requiem por un sueño




Requiem for a dream (Requiem por un sueño 2000) de Darren Aronofsky:
Publicado por Fernando Bernal en La butaca:

‘Réquiem por un sueño’ sacudió la edición de la Seminci como sólo lo hacen las obras arriesgadas, personales y meditadas hasta sus últimas consecuencias. El certamen vallisoletano, siempre de parte del autor y del cine de compromiso (concepto que no siempre tiene que ir unido al adjetivo social), premió esta obra para sorpresa de un público que contempló atónito más de una hora y media de cine intenso y con tendencia a producir desasosiego hasta en los estómagos más curtidos. El responsable de este cóctel de sentimientos extremos es el joven
Darren Aronofsky, último descubrimiento de la ‘factoría Sundance’, que cumple con el siempre difícil trámite de consagrar las expectativas depositadas en las nuevas promesas del celuloide, tras un alentador debut. Pi, opera prima de este estadounidense y obra de culto en los circuitos de versión original de nuestro país, descubrió a un director con inquietud por forjar un universo propio, gran narrador visual, pero que se mostraba incapaz para dominar (o reconducir) todos los vericuetos existenciales, filosóficos y religiosos a los que el matemático al borde la locura –eje fundamental del filme- se enfrentaba, sin mucha explicación. Lo que en ‘Pi’ era desorden, en ‘Réquiem por un sueño’ se torna en premeditadas intenciones, que conforman un discurso ordenado con un objetivo definido.
Una de las principales diferencias entre ambas obras, que guardan similitudes en cuanto a su estilo formal, es que Aronofsky toma en esta ocasión como punto de partida material ajeno, la novela homónima de Hubert Selby Jr., del que ya se pudo ver adaptada en el cine ‘Última salida a Brooklyn. La solidez literaria de la historia permite a Aronofsky sumergirse hasta las entrañas en la adicción, el verdadero hilo conductor de la película. ‘Réquiem por un sueño’ desgrana los motivos de este tortuoso asunto a través de una madre y un hijo, que ven cómo las plácidas playas y los solitarios paseos de Coney Island se convierten para ellos en un infierno. Sara (la excepcional y recuperada Ellen Burstyn) vive obsesionada con los concursos de la televisión hasta tal punto de someterse a un estricto régimen que la convierte en adicta a los fármacos para adelgazar. Su hijo, Harry (Jared Leto) busca la felicidad a través del ‘trapicheo’ fácil de todo tipo de sustancias ilegales; pero él, su novia (Jennifer Conelly, que demuestra ser algo más que un bello rostro) y su mejor amigo (Marlon Wayans) acaban sometidos a la dictadura de las drogas, víctimas de una devoradora adicción.
Darren Aronofsky deposita todo el peso de la narración en un vibrante montaje paralelo y en recursos fílmicos arriesgados (división de la pantalla, alteraciones del ritmo dentro de un mismo plano...) que funcionan a la perfección para ilustrar el descenso a los infiernos, sin posibilidad de escape, de un grupo de personajes sin voluntad y paradigmáticos de los tiempos que corren. El director culmina su obra con un golpe contundente, un gancho directo al mentón del espectador, que se convierte en diez minutos agobiantes, inteligentemente suavizados por la música de cuerda de Kronos Quartet, que ejerce de perfecto contrapunto para el trabajo tecnológico de Clint Mansell (‘Pi’) para el resto de la película. Sin concesiones, Aronofsky plantea el mensaje de ‘no hay salida’ hasta sus últimas consecuencias y consigue una obra sórdida y de difícil, aunque muy recomendable, digestión.

1 comentario:

  1. Luis Miguel Machín Martín24 de octubre de 2007, 17:33

    Para mí, es la mejor película del siglo XXI hasta la fecha, de tal fuerza que es de las pocas películas que recordarás toda tu vida.
    Uno de los grandes logros del film es conseguir que todos los personajes principales atraigan al espectador para que el montaje paralelo funcione y no se haga monótono. Su estética "underground" hace más atractiva esta película si cabe, destacando también la estratosférica interpretación de Ellen Burstyn, haciendo creíble su personaje, al igual que los demás actores principales, siendo estos más limitados interpretativamente hablando pero demostrando solvencia.
    A todo esto se le une su apoteósico final, 15 de los más impactantes minutos en la historia del cine a ritmo de esa maravillosa banda sonora que hará que se te pongan los pelos de punta cada vez que la oigas en una de sus muchas utilizaciones publicitarias en televisión.
    Creo que Aronofsky es el futuro del cine, junto a los daneses Lars Von Trier (Rompiendo las olas)y Thomas Vinterberg (Celebración), y alguna de las nuevas figuras coreanas como Bong Joon-Ho (Crónicas de un asesino en serie). Y es una pena que estos directores no sean valorados como lo que son, herederos de los últimos genios del séptimo arte.
    Por último quiero realizar una petición, la proyección de una de las películas de Aronofsky en el aula de cine, a ser posible esta que estoy criticando ahora.

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