viernes, 6 de julio de 2007

The host







Bong Jon-Hoo
Artículo publicado por Beatriz Martínez en Miradas de cine:

1. El panorama

«La mejor película con monstruo de la historia». Reza la revista Variety. Tercer puesto en el ranking de los principales films del año de Cahiers du Cinema, segundo en la lista de Filmcomment, sorpresa en el Festival de Cannes (donde se presentó en una sección paralela), ovación en el Festival de Sitges… son tantos los elogios recibidos por The Host (Gwoemul, 2006) allá por donde ha pasado, que sería realmente interminable empezar a enumerarlos todos.

Lo cierto es que la nueva película de Bong Joon-Ho es quizás una de las propuestas cinematográficas más estimulantes de los últimos años, un film que es capaz de despertar el aplauso, la sonrisa, la carcajada, la emoción y la reflexión porque es comedia, drama, película de entretenimiento y metáfora política y social al mismo tiempo.

La hibridación de géneros no es nueva en la cinematografía Corea, como tampoco lo es en los demás países asiáticos como Hong Kong o Tailandia. De hecho, siempre he pensado que es precisamente esa capacidad para experimentar y mutar los géneros lo que en muchos casos ha hecho realmente originales y atrayentes algunas películas para buena parte de público occidental.

Sin embargo, la industria de cine coreano tiene unas características muy particulares que la diferencian del resto de los países asiáticos y que inevitablemente tienen que ver con la situación económica y política que ha atravesado el país a través de su Historia y con las consecuencias que han acarreado las diferentes tensiones que han latido en su seno durante ese tiempo.

Al igual que para realizar un análisis serio y dar sentido al cine del realizador Hou Hsiao Hsien hay que estudiar la Historia de su país de origen, Taiwán, para acercarnos a la figura de Bong Joon-Ho también deberíamos detenernos brevemente en alguno de los capítulos más importantes de su pasado histórico más reciente, ya que sin él quizás no entenderíamos las razones de la evolución y el desarrollo efervescente del que ha sido objeto la cinematografía coreana en esta última década.
Corea del Sur nació tras la Segunda Guerra Mundial al ser dividida en dos zonas de influencia: la Norte comunista y la Sur capitalista. Cinco años más tarde daría comienzo la Guerra de Corea (retratada a través de diversos ángulos por los directores de última generación a través de dramas como Lazos de sangre (Taegukgi hwinalrimyeo, Je-gyu Kang, 2004), cintas de espías como Swiri (Je-gyu Kang, 1999) o films de autor como JSA (Gongdong gyeongbi guyeok JSA, Park Chan-wook,2000)) en la que las potencias mundiales también se dividieron en bandos para apoyar a una u otra parte. Las Naciones Unidas se unieron a la fracción Sur y la Unión Soviética y China a la Norte. A partir de ese momento y de la fractura por el paralelo 38, el destino de las dos Coreas siguió rumbos diferentes, a pesar de que ambas contaron con regimenes militares que marcaron inevitablemente la evolución de la sociedad. A pesar de ello, Corea del sur logró salir del totalitarismo y actualmente rige la democracia, algo que no ocurre en Corea del Norte que sigue controlada por un férreo gobierno dictatorial.

Han sido muchos los films que han tratado subrepticiamente alguno de estos espinosos temas relacionados con ciertos capítulos turbios de la época más represiva y oscura, como The president´s Last Bang (Geuddae geusaramdeul, Im Sang-soo, 2005), centrada en la dictadura de Park Chung-hee desde el golpe militar del 61 hasta su asesinato en 1979, The Coast guard (Hae anseon, Kim Ki-duk, 2002), en la que se pone de manifiesto el sentimiento de culpa de los militares surcoreanos después de haber cometido terribles acciones, Low Life (Haryu insaeng, Im Kwon-taek, 2004), película en la que se narra todo el período que abarca desde los 50 hasta los 70, desde la abolición del partido liberal hasta la dictadura militar, o la misma Memories of murder - Crónica de un asesino en serie (Salinui chueok, 2003) en la que se refleja de manera velada la convulsión social que se vivía en los años ochenta a causa de las continuas revueltas populares provocadas por la instauración en 1980 de la ley marcial a cargo del general Chun Du-Hwan, que inició una dura represión que dio lugar a un gran número de víctimas. Por eso, en Memories of murder son frecuentes los cortes de luz para realizar simulacros de defensa civil y por eso las autoridades policiales de la capital no pueden en ningún momento enviar refuerzos a la comisaría de la pequeña provincia para ayudarles en la resolución del caso.

Así, durante la mayor parte del proceso absolutista el cine vio afectada inevitablemente su libertad creativa al verse sujeta a los intereses del gobierno. En los años cincuenta el Ministerio de Defensa incentivó las películas de carácter propagandístico para enardecer los ánimos patrióticos de los ciudadanos mediante películas anticomunistas que tendían hacia el maniqueísmo y la simplificación de acciones y caracteres en beneficio del ensalzamiento de los valores más rancios y conservadores. La censura se encontraba arraigada dentro del sistema cultural, por lo que no se permitía la producción de ninguna película que contuviera ideas sospechosas. Este fuerte control creativo al que se sometió a los cineastas durante tanto tiempo fue sin duda el detonante que propició la explosión de la cinematografía surcoreana a finales de los noventa, cuando se vio libre del yugo de las ataduras políticas y pudo expresarse abiertamente sin ningún tipo de tapujos ni ninguna clase de freno artístico o ideológico.

Así, podemos decir que es a partir de 1999, tras un período de crisis económica y una larga etapa de transición cuando las condiciones comienzan a mostrase favorables para el florecimiento de un nuevo panorama de cine coreano que venía precisamente gestándose durante los años previos a la estabilización social definitiva. Es entonces cuando comienza a surgir una nueva nómina de directores dispuestos a renovar las rígidas estructuras sobre las que hasta el momento se había cimentado la industria. Este proceso de consolidación resulta complejo y apunta hacia diferentes direcciones: desde el punto de vista financiero se generalizan las inversiones privadas que aportan buena parte del capital para la producción de los filmes, además se consolidan las productoras (como CJ Entertaiment) y se inicia la exportación de todo este material al resto de los países asiáticos. El gobierno se decide a apoyar el sector y establece una cuota de pantalla del 40 % para protegerlo de los abusos norteamericanos, y poco a poco comienza a generarse una estructura sólida a través de la creación de un star-system y del intento por parte de los cineastas de buscar temas y formatos actuales que conectaran con un público que básicamente buscaba entretenimiento conjugado a calidad.
No puedo estar más de acuerdo con la clasificación que establece Roberto Cueto en Seúl Express 97-04 (editado por el Festival de cine de Las Palmas) al afirmar que existen tres vías dentro del establecimiento de este efervescente paisaje creativo. La primera y más importante de las bifurcaciones correspondería precisamente al cine comercial que comentábamos, responsable al fin y al cabo del impulso definitivo y la solidificación de la cinematografía a todos los niveles. Este cine comercial estará influenciado de manera decisiva por los patrones del cine americano y en general se encontrará emparentado con los gustos occidentales. Quizás sea por ello que buena parte de las películas procedentes de Corea de Sur nos parezcan tan cercanas a nuestra concepción fílmica y por lo tanto terminen siendo más digeribles y logren satisfacer audiencias mayoritarias tanto fuera como dentro de su país de origen.

El cine de acción tiene un peso importante dentro de esta vertiente, sobre todo a raíz del inmenso éxito conseguido con Shiri, pero también se desarrollan enormemente otros géneros muy queridos por el público autóctono como es la comedia y el melodrama romántico (estos dos últimos no tan apetecibles para los espectadores occidentales dado el grado de absurdo por un lado y almibaramiento por otro al que suelen tender ambos) convirtiéndose en los más taquilleros dentro de las estadísticas anuales de recaudación. Películas como April Snow (Oechul, Jim-ho Hur, 2005), You Are My Sunshine (Neoneun nae unmyeong, Jin-pyo Park, 2005) serían claras exponentes dentro de este subgrupo. También proliferan las cintas de terror como respuesta a la moda iniciada en Japón a partir del éxito de The Ring (Ringu, Hideo Nakata, 1998), y su producción se intensifica durante unos años tanto que casi se convierte en uno de sus pilares.

El modelo de superproducción y blockbuster se asienta y comienzan a ser frecuentes los booms comerciales de géneros bélicos, de thrillers o incluso de películas históricas o épicas.

La segunda vía correspondería a los directores considerados como “autores”, es decir, aquellos que consiguen la consideración crítica y el prestigio internacional gracias a su repercusión en los festivales de cine pero que dentro del entramado industrial coreano su presencia no deja de ser rotundamente minoritaria quizás porque se encuentran más cercanos al cine europeo que al americano o incluso al asiático. Kim Ki-duk, Hong Sang-soo, Lee Chang-dong, Jang Sun-woo o el veterano Im Kwon-taek serían alguno de ellos.

Por último, siguiendo la metodología empleada por Roberto Cueto, tendríamos un grupo interesante, el que engloba a jóvenes realizadores capaces de elaborar un discurso fuerte y personal moviéndose en los parámetros del cine comercial y de género. Entre ellos cita los nombres de Park Chan-wook, Bong Joon-Ho, Kim Jee-woon y Lee Myung-se. Son ellos quizás los que más se encuentran experimentando con el lenguaje cinematográfico y jugando más sagazmente con las convenciones genéricas, como bien apuntábamos al inicio del artículo. Sin embargo, no puede pasar desapercibido el hecho de que en estas últimas dos vías no hablemos de tendencias o géneros, sino de nombres propios, nombres que por su repercusión y trascendencia dentro del cine moderno son precisamente el objeto principal de estudio de este dossier dedicado a lanzar una mirada hacia una cinematografía que se ha abierto a nuestros ojos en tan solo diez años, descubriéndonos una paleta de excitantes e inéditas texturas.

2. El monstruo

«Mírame a los ojos. ¿Podemos descubrir a través de la mirada al monstruo que hay detrás?»
(Memories of Murder. Crónica de un asesino en serie, 2003)

Esa parece ser la pregunta de fondo que late en los tres largometrajes dirigidos hasta el momento por Bong Joon-ho, Barking Dogs Never Bites (Flandersui gae, 2000), Memories of Murder y The Host.

La realidad no es nunca lo que parece, así como tampoco lo es la percepción que podamos tener de ella. Por eso debemos desconfiar de nuestros ojos, porque seguramente nuestros sentidos nos engañen y nos hagan pensar que nuestro verdadero enemigo es una criatura con nueve colas surgida de las aguas, cuando lo cierto es que son mucho más peligrosos los seres de nuestra misma especie que nos rodean.

Y es que la naturaleza humana puede llegar a alcanzar un grado de perversidad mucho mayor que la que pueda albergar cualquier monstruo mutante. El hombre es más inteligente, más retorcido y también más sibilino. Sus acciones pueden pasar más desapercibidas y en alguno de los casos pueden quedar impunes.

En Memories of murder los detectives Park y Seo jamás llegan a averiguar quién es el asesino en serie que mató a un buen número de jovencitas en la tranquila región de Gyunggi. El protagonista de Barking Dogs Never Bites descarga su ira contra cualquier perro que ve transponiendo su irritable ladrido al fracaso en el que se encuentra sumido a nivel personal.

Hay algo perturbador en el cine de Bong Joon-Ho que trasciende el elemento fantástico para emparentarlo directamente al lado al oscuro y tenebroso de la realidad. Una realidad teñida de sombras e interrogantes que se cierne sobre el individuo aplastándolo y reduciendo su esencia a la más baja de las condiciones posibles.
Puede que los estudios que cursó el director en la carrera de sociología le hayan servido para trazar en sus films las relaciones que se establecen entre el hombre y el entorno social que habita, porque lo cierto es que este elemento se ha convertido en la sustancia basal sobre la que ha configurado todo su cine hasta el momento.

Realmente, una de las cuestiones más terroríficas que plantea The Host es el hecho de la desprotección que el ser humano sufre frente a las instituciones sobre las que presumiblemente se asienta toda la estructura jerarquizada de la sociedad. Así, el monstruo es solo el elemento metafórico para poner de manifiesto las carencias y males del sistema. Un sistema incapaz de reaccionar en momentos de crisis y que a través del Estado y los medios de comunicación prefiere antes engañar a los ciudadanos y esparcir la semilla del miedo (para tenerlos sometidos a sus intereses) que proponer soluciones útiles y prácticas.

The Host viene a decir que si realmente ocurriera una tragedia de grandes magnitudes, estaríamos solos frente a ella. Eso es lo terriblemente perturbador.

3. La familia

El núcleo familiar ha sido cuestionado en innumerables cintas del cine oriental reciente. La desestructuración familiar ha generado anomalías en el sistema tradicional de convivencia. Padres o madres ausentes, falta de afecto, desarraigo emocional, alienación… son alguno de los elementos que caracterizan estas cintas, de entre las que destacamos la brutal Visitor Q (Bijitâ Q, Takashi Miike, 2001) quizás la más radical y desmitificadora de todas ellas.

La familia de The Host bien podría emparentarse a la de los Katakuris en La felicidad de los Katakuris (Katakuri-ke no kôfuku, Takashi Miike, 2001). Cada uno de sus miembros tiene una particularidad: de los tres hermanos, la pequeña es tiradora profesional de arco, pero en el último momento siempre se pone nerviosa y tarda tanto en lanzar a la diana que se queda sin tiempo y la descalifican, el mediano ha estudiado en la universidad pero se encuentra en paro y le da a la bebida (nótese la punzante ironía que muestra Bong Joon-Ho con respecto a este tema, sobre todo si recordamos que el protagonista de Barking Dogs Never Bites era licenciado en Humanidades y no podía encontrar trabajo si no era a través del soborno al decano de la Universidad), el mayor (el fantástico actor Song Kang-Ho) es definido por su padre como un pobre desvalido que a causa de no comer proteínas durante su infancia ha quedado afectado mentalmente y por eso pasa todo el día durmiendo. Fue abandonado por su mujer, y ahora debe hacerse cargo de su hija. La niña y el patriarca son quizás los únicos que tienen realmente los pies en el suelo e intentan tirar como pueden del núcleo familiar.
Si los Katakuris luchaban unidos para sacar adelante una pensión aislada en las montañas, la familia Park harán lo propio para rescatar a la pequeña Hyun-seo de las garras del monstruo marino. La criatura mutante se convertirá en el elemento de cohesión de todos los miembros del clan familiar y juntos harán lo humanamente posible para encontrarla con vida.

La acción se dividirá a partir de ese momento entre dos focos principales de atención: la niña como huésped del monstruo en su guarida y la familia unida por el objetivo común de salvarla. Contra viento y marea, desafiando a todos, incluso desafiándose a sí mismos, luchando contra sus miedos e inseguridades, se verán embarcados en una aventura que los cambiará para siempre y sacará a relucir su espíritu de lucha y sacrificio. Al final, la tiradora de arco logrará alcanzar su objetivo en el preciso momento, el licenciado borracho luchará contra la criatura mediante explosivos hechos con botellas de cerveza y el padre aparentemente apático sacará todas sus fuerzas para erigirse en valeroso héroe. Cada uno luchará contra sus propios monstruos… para vencer al monstruo.

4. El director

«No se si habréis visto mi película "Memories of murder". Es una historia acerca de asesinos, un film de suspense. Sin embargo, mi película no sigue la estructura de un thriller. De la misma manera "The Host" es un film de monstruos, pero que rompe con las reglas básicas del género. De hecho, para mí, los géneros cinematográficos son herramientas a través de las que el director consigue contarnos una historia»

Son declaraciones del propio Bong Joon-Ho a la Revista CineAsia (Vol.15) a su paso por el Festival Internacional de Sitges, donde ganó el premio a los Mejores Efectos Especiales y el Premio Orient Express-Casa Asia a la mejor película oriental de la competición, dos premios que sin duda se quedan cortos, pues The Host, fue de lejos, junto con Exiled (Fong juk, 2006) de Johnnie To, lo mejor visto en el certamen.
Sí, hemos visto Memories of Murder y fue precisamente este el film que nos dio a conocer el talento de Bong Joon-ho en nuestras pantallas. El segundo largometraje del director nos introducía en un pequeño pueblo durante los años del recrudecimiento de la dictadura para narrarnos el proceso de investigación por parte de dos policías (uno rudo y de dudosos métodos y otro más refinado llegado de la capital, la fuerza bruta frente al psicologismo) para solucionar el caso de un asesino en serie de mujeres. El asesino en serie termina siendo en realidad una excusa, como el monstruo de The Host, para que el director se centre en el análisis humano de estos dos personajes y del entorno que les rodea. El director introduce el elemento inquietante en un lugar aparentemente tranquilo para crear una tensión ambiental que poco a poco se va adueñando de la pantalla. El horror y la violencia se palpan a través de los hermosos campos verdes mecidos por el viento. Algo terrible se esconde agazapado entre la alta hierba esperando para saltar como una alimaña sobre su próxima víctima. Pero quizás lo más interesante de Memories of murder sea la descripción de una cotidianeidad enrarecida, teñida de un humor negro que conjuga el elemento cómico y dramático al mismo tiempo.

Sí, es cierto que Bong Joon-ho utiliza los distintos géneros para adaptarlos a sus necesidades y preocupaciones, constituyendo meros instrumentos para la configuración de unos relatos con una potente carga metafórica. Por ejemplo, el clima de miedo y hostilidad, de parálisis y estancamiento, de violencia en estado latente que se respira Memories of murder no es sino una respuesta lógica a la realidad social que se vivía en aquella época de penurias y represiones dictatoriales, trascendiendo así la mera condición de thriller o policíaco en el que podría haber quedado encasillado.

En este film Bong Joon-ho se demuestra como un auténtico virtuoso en la puesta en escena a través de un dominio absoluto de los recursos técnicos de la imagen, combinando planos secuencia estilísticamente muy refinados junto a planos fijos en los que el director sitúa la cámara como mera forma de registrar los movimientos libres de los personajes a través del encuadre.
En Memories of murder también aparece uno de los procedimientos que tendrán más preponderancia escénica a la hora de resolver las escenas de persecución en The Host, el travelling de seguimiento lateral, a la vez que utiliza elementos atmosféricos, como la lluvia, para aportar peso dramático a las escenas de mayor fuerza emocional.

Bong Joon-ho es ante todo un sabio elaborador de atmósferas y un creador de imágenes de gran impacto visual. Todo el fragmento final de Memories of murder así lo certifica. Pero son imágenes que no solo se quedan atrapadas en la retina, sino que acceden a nuestra sustancia más profunda para remover nuestras entrañas, quizás porque hay una empatía inevitable del espectador hacia los personajes que protagonizan la trama. Quizás por eso sentimos como propia la inquietud y el desconcierto que siente del detective Park cuando años más tarde de los asesinatos regresa al lugar de los hechos y se da cuenta de que aquellos acontecimientos lo marcaron para siempre y que la frustración y obsesión por no haber cerrado el caso, le perseguirá toda su vida.

En The Host hay muchos planos memorables pero nos quedamos con una: la magnífica secuenciación ralentizada en la que el padre suelta la mano de su hija y vemos a esta con el monstruo al fondo, que termina por atraparla con una de sus colas sacándola del encuadre por la parte superior derecha mientras un paloma lo atraviesa transversalmente.

Hemos seguido un orden cronológico inverso a la hora de hablar de las tres películas que conforman la filmografía de Bong Joo-ho. Por tanto nos quedaría comentar su ópera prima, Barking Dogs Never Bites, otra descarnada crítica social revestida de un aliento macabro casi cercano al sadismo, que recoge la vida de un puñado de miserables personajes que viven sumidos en profundas crisis personales. Un edificio de viviendas grises, la situación de paro del protagonista y el ladrido impertinente del perro de la vecina serán los ejes sobre los que el director construirá esta sátira acerca de la insatisfacción y la frustración en el seno de un sistema podrido de miseria moral.

Cuando uno se siente solo, perdido y enfadado con el mundo cualquier elemento puede desencadenar la locura.

A Bong Joon-ho le gustan los personajes marginados, aquellos que constituyen por una u otra razón el reverso de una sociedad hipócrita, que solo valora tus logros cuando están respaldados de poder y dinero. Si eres un profesor de universidad en paro, no eres nadie. Quizás por eso, la mujer de nuestro protagonista le trata peor que a su propio perro.
Barking Dogs Never Bites es el germen del cine de Bong Joon-ho. En ella encontramos todas las características que hemos ido apuntando a lo largo de este texto. Al fin y al cabo, al igual que los demás, también se trata de un relato de supervivencia. Los personajes luchan contra la humillación, luchan por su integridad, luchan por ser libres.

Se trata de seres anclados en el ensimismamiento, instalados en un proceso de catatonia mental incapaces de reaccionar. Quizás así nos quieran, dormidos, zombies frente a la realidad que nos rodea y también frente a nosotros mismos, anestesiados frente a cualquier estímulo que logre despertarnos y devolvernos a nuestra esencia primitiva, aquella que nos define como seres humanos.

1 comentario:

  1. Luis Miguel Machín Martín5 de octubre de 2007, 15:04

    La fuerza de la película reside en que no se aferra a clichés hollywoodienses del género, mostrando en todo momento el director mucho pulso, con buenos giros de guión.
    Film que trae una brisa de aire fresco al género, haciendo entrar al director al panorama internacional por la puerta grande, aunque no hay que olvidar sus películas anteriores, en las que ya se le veían maneras de gran director.
    En "Perro ladrador, poco mordedor" Bong Joon-ho hacía un análisis de nuestras obsesiones en clave de comedia negra.
    En "Crónica de un asesino en serie" analiza nuestro comportamiento ante las adversidades, demostrándose que el ser humano es capaz de cualquier cosa para conseguir sus propósitos.
    En "The Host" hace un análisis de la sociedad coreana ante cualquier tipo de catástrofe, contándolo siempre, con esas dosis de humor negro que siempre introduce adecuadamente el director.
    Altamente recomendable, no es un film de terror basura, a base de sustos como están hechos en la actualidad, este es terror, suspense y thriller del bueno. Esperemos que este director que tanto promete no se pierda en el camino de Hollywood.

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